“Jesús Nazareno ¿has venido para acabar con nosotros?”

Todos estaban asombrados porque enseñaba con autoridad ¿por qué ese asombro en una sociedad que era muy autoritaria? ¿por qué ese asombro en personas acostumbradas a obedecer a sus patrones y a los jefes de la sinagoga o del pueblo? ¿porqué asombraba su autoridad en un ambiente autoritario?

Es que no es lo mismo autoridad que autoritarismo. El que tiene autoridad no se apoya en sus cargos o en sus conocimientos para imponerse a los demás; el autoritario necesita recordar a los otros su sitio, su lugar social destacado, sus conocimientos; en una palabra, su poder. En cambio, el que tiene autoridad habla desde sí mismo, habla simplemente como una persona que transmite algo que cree, no impone, ofrece. Eso es lo que asombra a esas gentes acostumbradas al mal trato y la imposición; el Señor habla de otra manera, “no como los escribas”, esos que había que escuchar porque habían estudiado, pertenecían a destacadas familias, y parecía que sabían mucho.

De golpe la escena es interrumpida por alguien que también sabe mucho. Un “espíritu impuro” que habita en uno de los presentes y que empieza a gritar. Ese espíritu ya sabe quién es Jesús y pregunta “¿Has venido para acabar con nosotros?”

Ahora, en este momento, al contemplar esta escena, tenemos la posibilidad de dejarnos llevar por las imágenes que han cargado en nuestra imaginación las películas, o los relatos, sobre los endemoniados; o podemos seguir otro camino más práctico y más comprometedor: escuchar atentamente el texto, dejar la imaginación en silencio, y preguntarnos: ¿no aparecen en nuestro corazón, en algunas ocasiones, esas voces que nos invitan a rechazar lo que Jesús nos dice? Y más concretamente: ¿no aparece en nosotros un fuerte rechazo a todo aquello que implique modificar la idea que ya tenemos de Jesús?

Este espíritu, que cree que ya conoce a “Jesús Nazareno”, y siente que lo quieren destruir porque lo que escucha no es lo que quiere escuchar ¿nunca anduvo por nuestro corazón? ¿Cómo saberlo? Para respondernos el primer paso es dejar de imaginar esos espíritus con cuernitos y colas largas, un “espíritu” es otra cosa: es algo que no vemos pero que podemos sentir que nos mueve. Puede ser un odio, una envidia, una ambición; o puede ser un amor, unas ganas de compartir, o el “Espíritu Santo”. La pregunta que importa es ¿qué nos mueve?

Jesús hace callar a ese espíritu que mueve a ese hombre a no escuchar su Palabra y que impide escuchar a los demás; y le ordena salir de ahí, dejar en paz a esa persona, dejarla escuchar las palabras que la van a hacer libre. Parece que ese “espíritu” estaba acostumbrado a escuchar palabras autoritarias que lo mantuvieran sometido a los que mandan y cuando lo invitan a la libertad siente que lo quieren destruir. Jesús no quiere esos seguidores atemorizados que después solo saben atemorizar a otros. Él habla de una manera nueva, “llena de autoridad”.

Jesús no se enfrenta con la persona que levanta la voz sino con ese espíritu que hay en ella. Jesús siempre está a favor de las personas y en contra del mal que paraliza y aterroriza a las personas. Su autoridad libera, no esclaviza.

En nuestros días son muchos los que escuchan el Evangelio, participan de la misa y prestan atención en las homilías, pero no logran liberarse de ideas muy pobres y pequeñas de Dios. No sólo se imaginan el diablo con cuernos y cola, se imaginan a Dios como un juez implacable con barba y enojado. Por eso, muchas veces, quienes participan poco de las celebraciones y saben poco de “religión”, entienden mejor lo que quiere decir el Señor, que quienes creen que ya lo conocen. 

Jesús ha venido a destruir todas esas imágenes falsas, infantiles, interesadas: Él, cercano, tierno, misericordioso, es la única imagen del único Dios que no inventamos nosotros, del Dios verdadero.


EVANGELIO

Mc 1, 21-28

Jesús entró en Cafarnaúm, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas.

Y había en la sinagoga un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; "¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios".

Pero Jesús lo increpó, diciendo: "Cállate y sal de este hombre". El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese hombre.

Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: "¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y éstos le obedecen!".

Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea.