Capitulo I: NUESTRA IMAGEN DE DIOS Oh tú, Dios vecino... Sólo una leve pared entre nosotros, casual. Pues bien pudiera ocurrir que la derribase sin ruido alguno un grito de tu boca, o de la mía. Pared con tus figuras levantadas.
Rainer M. Rilke
En estos versos se describe de manera poética lo que muchas veces ocurre cuando, desde nuestra más secreta intimidad, nos ponemos en camino a la búsqueda de Dios: unos pocos pasos y encontramos una pared, no podemos pasar al otro lado y sabemos que Dios está detrás. Es una pared muy especial, como aquélla que nos separa de un hombre inmensamente rico, o de un asesino, o de un monje. Los ladrillos de esas paredes son nuestras propias imágenes de lo que son, o deben ser, esas personas. Sabemos que son hombres con los cuales quizá podríamos entendernos si tuviéramos oportunidad de tratarlos asiduamente, pero como no forman parte de nuestra vida cotidiana nos tenemos que resignar a tener de ellos tan solo unas ideas generales. Lo mismo puede suceder con algún vecino de quien un día oímos hablar mal. Algo similar ocurre con Dios: hay entre nosotros y El una verdadera pared levantada con sus figuras, con frases, conceptos, gestos y actitudes que nos pintan un Dios desconcertante. Habitualmente nos conformamos con eso; lo aceptamos como un hecho inevitable, y así vivimos, el buen Dios convertido en buen vecino a quien sin saber por qué no saludamos.
Como cuando éramos chicos nuestro primer impulso es echarle la culpa a los demás, suponemos que todas esas figuras fueron puestas por otros y que si no estuvieran allí todo sería mas fácil. Otras veces con cambiar algunas palabras o gestos creemos haber saltado la pared y, por ejemplo, decimos "Dios es amor" en lugar de decir "Dios creador y omnipotente", y nos quedamos tranquilos como si hubiéramos descubierto el gran misterio, cuando en realidad ambas expresiones pueden ser igualmente indescifrables y vacías.
El camino más directo para acabar con esa pared levantada con figuras está muy bien señalado por el genio del poeta. El nos dice que esa pared es "casual" y que para derribarla es suficiente "un grito de tu boca o de la mía". No será que no hemos dado nunca ese grito? No será que nuestro buen vecino se empeña en derribar con su grito esa pared que nosotros, como infatigables albañiles, levantamos una y otra vez?
En nuestras sociedades, en las que desde que nacemos somos el centro de atención y antes de aprender a hablar aprendemos a usar a los demás, nos cuesta mucho aceptar a un Dios personal y cercano al que podemos amar por sí mismo, que tiene sus exigencias para con nosotros y al que no podemos utilizar a nuestro antojo. Nos cuesta como a niños malcriados aceptar que Dios sabe mejor que nosotros lo que nos conviene y asumir que nuestra condición humana es débil y necesitada. Y entonces, con sus figuras, construímos esa pared con la que luego, sorprendidos, tropezamos.
Somos nosotros los que fabricamos dioses que podamos comprender, que nos sirvan para vivir y para ser felices. Somos también nosotros los primeros insatisfechos, y es lógico, porque "un Dios que nos sirva" no tiene sentido, lo que necesitamos es un Dios al cual servir.
Estas páginas son un intento de desenmascarar algunas de nuestras trampas y de mostrar el camino que nos lleva hacia la brecha que hay en esta pared de figuras, hacia la única imagen divina que no podemos inventar nosotros, hacia ese grito de Dios que derriba todas las paredes con una sola palabra: Jesús.
| Capitulo II: IMAGINACION Y VIDA ESPIRITUAL "No vamos a complacer a Dios con muchas palabras, muy bien hilvanadas y muy bien pensadas. El busca nuestro amor..." Santa Teresa
Todos lo hombres tenemos la capacidad de crear en nosotros un mundo interior. Con nuestras posibilidades de reflexionar, imaginar, recordar, hacer planes, y tantas otras, construímos una vida "interior" con elementos que tomamos del mundo "exterior" y que combinamos de distintas maneras.
Podemos así crear verdaderos universos que superan incluso nuestra capacidad de expresión y que en su contenido se diferencian según las inquietudes de cada uno. No es igual el mundo interior de un matemático que el de una mujer que vive pendiente de la moda, ni el de un niño que juega solo que el de un sacerdote que medita en su templo. Cada uno ha construído su mundo y puede ocurrir que ese mundo sea para ellos más importante que el otro, el "exterior", que, sin embargo, todos comparten.
Así como el matemático o el niño que juega pueden construir su propio mundo interior, de la misma manera algunas personas construyen una rica interioridad con elementos religiosos que encuentran en su entorno y que satisfacen sus necesidades e inquietudes.
Si queremos dar pasos más seguros en nuestro camino hacia una mejor comunicación con Dios, es muy importante distinguir entre una vida interior construída con elementos religiosos y lo que se llama vida espiritual, porque no todo lo que ocurre en nuestro interior, por el simple hecho de no ser visible o palpable, es algo espiritual.
Lo que en este momento estamos llamando "vida interior con elementos religiosos", puede nacer de una necesidad de explicación del mundo, de la vida, de la muerte: de la necesidad de tener unas normas de conducta, una explicación última del dolor y de todo lo que no se puede comprender. O puede brotar de sentimientos de soledad, tristeza, melancolía, y porque nace de estos sentimientos o de aquellas necesidades, la vida “interior” es búsqueda constante y su perfección consiste en encontrar respuestas que den paz y sosieguen el alma.
La vida espiritual, en cambio, no busca la propia tranquilidad, sino agradar a Dios; el objeto no está en uno mismo, sino afuera; su actitud fundamental no es la búsqueda, sino la receptividad; y esto es así porque si se trata de agradar a alguien lo más importante es estar atento para descubrir su voluntad cuando ésta se manifieste.
La vida espiritual no surge de alguna necesidad de explicación o de una carencia afectiva sino del impulso del amor. Solo, pensando y proponiéndomelo puedo elaborar un universo interior y hasta descubrir algo que cambie la historia de la humanidad, pero no puedo amar. El amor está en nosotros como capacidad o promesa, pero no podemos engendrarlo con nuestras propias fuerzas y una vez nacido no depende sólo de nuestros cuidados. Mirándonos a nosotros mismos no descubriremos nunca a nadie que despierte en nuestro interior un afecto verdadero, y tampoco podrá encenderse en el alma el amor a Dios. Si se trata de amor no se puede ser sólo obra nuestra sino también obra del Espíritu de Dios con nosotros. Si nos abrimos a Dios el amor se encenderá en nosotros y ese será el origen de una vida nueva: la vida espiritual.
Por eso la mayor perfección que se puede alcanzar en la vida espiritual, consiste en llegar a querer sólo lo que Dios quiere, de la misma manera que se desea cumplirla voluntad de la persona amada: agradándola en todo, procurando adelantarnos a sus deseos y temiendo ofenderla o disgustarla con nuestra torpeza.
Para llegar a este punto hay que recorrer un camino a veces corto y otras veces muy largo, pero que de cualquier manera exige cuidado. La dificultad no está tanto en lo empinado o escabroso del sendero sino más bien en la similitud que existe entre la ruta verdadera y otras muchas que se le parecen pero que no conducen al mismo sitio. De todas las sendas que se abren ante nosotros la correcta no es ni la más difícil ni la más fácil, es solamente una y hay que saber encontrarla. En principio debemos desconfiar de los caminos muy agradables porque nos puede engañar nuestra comodidad, pero también de los muy complicados, porque Dios es simple y crecer en su amor no puede ser una carrera de obstáculos.
El primer paso para andar este camino es aceptar que no vemos nada, sólo después vamos a poder empezar a creer en lo que no se ve, que eso es la fe. No tenemos que comenzar mirando nuestro corazón y nuestra vida para preguntarnos si ellos pueden hacernos vivir en relación con Dios, antes debemos creer en ese Dios, debemos saber por la fe que vivimos en su presencia. Lo primero es esa presencia que no vemos pero en la cual creemos, una presencia que es anterior a la atención que podamos prestarle, que no comienza a existir cuando nos ponemos a pensar en ella. Dios está ahí, lo pensemos o no, lo escuchemos o no, lo amemos o no. Un error muy común es comportarnos como si la fe fuera solo el principio de un largo camino por el que se avanza de gracia en gracia y de paz en paz, y con la mirada puesta en esas gracias y esa paz, no miramos lo único cierto, lo más importante: ese primer paso, la fe; nuestro mejor tesoro.Para que nuestra vida espiritual no sea obra nuestra sino obra de Dios con nosotros, es necesario aferrarse a esa fe sin adornos, a esa primera mirada. Juzgar la fe por los sentimientos, los ardores o fervores, arideces o tristezas, nos hace errar el camino. La fe, cuanto más absoluta y perfecta, es más silenciosa y discreta. Una fe pura y viva es a la vez un don de Dios y algo muy humano y simple.
No se trata de cerrar los ojos y fruncir el ceño para tomar conciencia de que Dios está presente, se trata de abrirlos y sonreír aceptando una presencia que está ahí aunque yo no piense en ella. Aceptar esa presencia sin mirarla demasiado, dejar a un lado la imaginación, saber simplemente que el Señor está ante mí y en mi corazón, desear amarlo a él y a lo que él ama , ese es el principio. Por aquí se comienza el día que decidimos abrir nuestro corazón al Señor y por aquí se sigue comenzando cada mañana. En pocas palabras: aceptar que no vemos nada, creer en Dios con sencillez y no dejarnos llevar por la imaginación.
Este último tema (no desviarnos por el camino de la imaginación) es muy importante. Comprenderlo bien nos abre las puertas hacia la más pura vida espiritual cristiana, es decir hacia una vida que tiene a Jesucristo como el centro de todo, como la fuente en la que comienza todo y el fin hacia el que se encamina la vida entera.
Pero si nos dejamos llevar por la imaginación estamos volviendo al punto de partida, en realidad estamos intentando ver. Ya que no hay manera de ver con nuestros ojos intentamos hacerlo con la imaginación. Nos hacemos imágenes como los fabricantes de ídolos, comenzamos a construir nuevamente una vida interior y no dejamos que el Espíritu construya con nosotros una vida espiritual.
Hay una manera de no quedar atrapados en las sutiles redes de las imágenes que nos inventamos es dar otro salto de fe: no sólo creer en la presencia de Dios,
creer también que Dios se hizo hombre en Jesús de Nazaret y que en él vamos a encontrar lo que queremos saber de Dios. Si Dios no se hubiera encarnado en Jesucristo sería imposible reemplazar la imaginación por otra cosa, no podríamos haber superado el nivel de una vida interior más o menos rica.
A partir del instante en que acepto y creo que Dios se ha manifestado en Jesucristo, el centro de mi vida espiritual debe fijarse ahí: en el Señor Jesús. El es el camino y en él deben estar todas las respuestas. Si decíamos hace un momento que la perfección en la vida espiritual consiste en amar lo que Dios ama y cumplir su voluntad, y decimos ahora que ese Dios se ha manifestado en Jesús, entonces la diferencia entre vida interior y espiritual hay que buscarla en el lugar que ocupa Jesucristo. Crecer en la vida espiritual es hacer de Jesús el centro de nuestra existencia, que él sea el Señor, el Rey.
Gracias a Jesucristo en lugar de imaginación podemos tener conocimiento de Dios y en lugar de "tranquilidad interior" podemos tener amor de Dios. Cómo adquirir este conocimiento y amor tan sublimes? La respuesta a este interrogante quizá nos desconcierte por su simplicidad, pero no hay otra: mirando vivir a quien ha superado todo lo que podíamos imaginar y desear: Jesús de Nazaret. Mirando a Jesús y hablando sencillamente con él iremos cultivando una vida espiritual auténtica, es decir, no inventada por nosotros mismos. Si lo miramos vivir en los Evangelios y en la Iglesia, si hablamos con él en nuestro corazón, en el templo, caminando, en cualquier lugar y en todo momento, se romperán nuestras pequeñas imágenes de Dios y se abrirá nuestro corazón hacia dimensiones insospechadas.
|