Ante Dios‎ > ‎

Ante Dios 3 y 4

Capitulo III: LO INIMAGINABLE, JESUS


"El es Imagen de Dios invisible".

Col. 1, 15


Si aceptamos no ver nada y no dejarnos llevar por la imaginación sino creer en Dios y en su manifestación plena: Jesucristo; si luego queremos volver la vista hacia Jesús para mirarlo vivir y encontrar en él el camino, entonces tenemos que comenzar por lo más simple y preguntarnos con toda sinceridad: ¿Qué quiere decir "creo en Jesús"? ¿Qué es creer en Jesús?

¿Es creer que Jesús vivió en un tiempo y en un lugar, que predicó y fue perseguido y asesinado?, eso no se cree, se sabe, nos lo dice la historia, es un hecho o una serie de hechos que están ahí, que simplemente ocurrieron. Ser cristiano no es "creer que Jesús existió" ya que si no sé esto, no soy no-cristiano, soy alguien que sabe poco de historia.

¿Creer en Jesús es pensar que él fue una persona llena de sabiduría y bondad cuyo ejemplo hay que imitar? Mucha gente cree que ser cristiano es imitar a Jesús, y que creer en él consiste en esto, pero en verdad se quedan a mitad de camino. Ver a Jesús como un gran hombre, como muchos que han hecho bien a la humanidad, no es suficiente para hacer de él el centro de nuestra vida.

¿Qué es entonces creer en Jesús? Es tomar una decisión personal de creer ante un hecho concreto: después de muerto Jesús el sepulcro apareció vacío (esto se sabe, es historia) y ante este hecho se tomaron dos posturas: unos dijeron que los discípulos se habían robado el cuerpo, otros comenzaron a anunciar que Jesús había resucitado. A partir de ese día cada hombre que oye hablar de Jesús se enfrenta ante sí mismo a la decisión de creer en una cosa o en otra. O creemos en el "comunicado oficial" de los jefes del pueblo o creemos en la "buena noticia" que anuncian los Apóstoles. No hay posibilidad de algo intermedio, alguien miente.

¿A quién le creo? Si creo que no resucitó, entonces Jesús fue un buen hombre, un idealista como tantos. Si creo la buena noticia (el Evangelio) de la Resurrección, entonces Jesús se convierte para mí en la persona más decisiva, fundamental y determinante que haya existido, o mejor dicho, que existe, porque si resucitó está vivo. Creer en Jesús es creer que ese Jesús de Nazaret, de quien nos habla la historia, está vivo. Así de simple y así de importante.

Mirar vivir a Jesús es tomar en nuestras manos los Evangelios buscando saber más sobre ese que ha resucitado. No tomarlos para consolarme, buscar paz, argumentar contra alguien o confirmar mis opiniones sino leer como se lee la carta de quien amamos, atrapando con fervor cada una de esas palabras que establecen una misteriosa proximidad entre nosotros y el resucitado, que nos cuentan cómo fue su vida, como eran sus gestos, su manera de amar y su ternura. Si miramos vivir a Jesús en el Evangelio él nos enseñará todo lo que debemos saber para que sin necesidad de imaginación o sensiblerías sepamos adorar a Dios en espíritu y en verdad.

Mirar vivir a Jesús nos llevará al encuentro de María, de los Apóstoles y de cada personaje, grande o pequeño del Evangelio. Nos permitirá descubrir un pueblo entero, un pueblo cargado de historia y de acontecimientos extraordinarios. Ese Jesús que vive en Nazaret está incompleto si lo separamos de aquello que lo precede y de toda la historia que se transforma a partir de su paso por el mundo.

Ahora bien, regresemos al sepulcro vacío que nos obliga a tomar una decisión: o creemos a quienes dicen que los discípulos se robaron el cuerpo por la noche o creemos a Pedro y a los Apóstoles que nos dicen: "ha resucitado". Notemos algo que suele pasar inadvertido: si digo creo en que Jesús resucitó, en ese mismo instante estoy afirmando que creo en los Apóstoles que me dicen que resucitó, pues por ningún otro camino me ha llegado esa noticia. La fe en la Resurrección es inseparable de la fe en la Iglesia, que es la que me dice que resucitó.

La Resurrección que Jesús transforma y hace decisivos para nuestra vida todos los gestos y las palabras del hijo del carpintero y da una nueva dimensión a la historia de su pueblo, pero también todos los gestos y las palabras de aquellos que vieron a Jesús resucitado, que hablaron y comieron con él, adquieren una importancia insoslayable para nosotros.

Para tener una vida espiritual que se nutra con alimentos sólidos y no con imaginaciones y ñoñerías, es preciso además de mirar vivir a Jesús en la Sagrada Escritura, mirarlo vivir en la Iglesia, que es la continuación de su obra y su presencia.

El punto clave para poder ver a Jesús en la Iglesia es preguntarnos qué queremos decir al afirmar que la Iglesia es continuación de la vida de Cristo. Uno de los caminos posibles es analizar un acontecimiento fundamental de la vida de Jesús, concretamente, reflexionar sobre las causas de su condena a muerte y ejecución, que es consecuencia de un triple enfrentamiento: con los letrados, con el pueblo y con el poder romano.

Ante los letrados, que no se preocupaban primeramente del hombre sino de defender las instituciones (la ley, la tradición, el sábado, etc.) Jesús defiende a las personas concretas (el paralítico, la prostituta, el centurión, etc.). La defensa del honor de Dios llevaba a los letrados al desprecio del hombre. En cambio, para Jesús, los dos mandamientos son inseparables: Dios está presente en su imagen, el hombre, y es pecado desechar al hombre para encontrarse con Dios. Quien esto hace no adora al Dios verdadero.

El enfrentamiento con el pueblo tiene características similares. Jesús toma partido por los oprimidos contra los opresores y en ningún momento es neutral en esa lucha. Pero Jesús no hace suyos los deseos de quienes quieren eliminar a los opresores por la fuerza escudándose en motivaciones religiosas, porque eso también era convertir a Dios en enemigo de su propia imagen, el hombre. Es el mismo error de los letrados, quien pretende alzar a Dios contra el hombre no conoce al verdadero Dios.

En el enfrentamiento entre Jesús y Pilatos, vemos a Jesús que es inocente y Pilatos lo sabe, pero él representa al César y puede disponer de la vida de los hombres. Lo que importa es el imperio, el poder, el equilibrio político, y en atención a esos intereses él tiene el poder de sacrificar a los hombres sean o no inocentes. El Dios hecho hombre es condenado por el representante de un hombre que se atribuía a sí mismo los poderes de Dios.

Tanto los letrados (que lo hacen detener y piden su muerte) como el pueblo (que lo abandona y elige a Barrabás) y el romano (que sabiéndolo inocente lo hace ejecutar) son esclavos de su propia ceguera, ceguera que tenía origen en un Dios inventado por ellos mismos. Cada uno creía en un Dios que servía a sus intereses (la ley, la revolución, el imperio) pero en realidad lo que tenían era intereses y a partir de ellos elaboraban una imagen de Dios que les sirviera.

Era necesario que Jesús, que no tenía pecado porque no había en él interés distinto al de Dios, manifestara con sus palabras, con sus gestos, su vida y su muerte, al Dios verdadero, es decir, no fabricado por hombres. La resurrección de quien de esa manera había sido condenado a muerte, es la confirmación definitiva de sus palabras y su vida.

Jesús con su vida, muerte y resurrección realizó la salvación. El hombre estaba condenado a "fabricarse dioses" que respondieran a sus intereses y la vida de Jesús era el precio que había que pagar para liberar al esclavo. Era preciso que muriera como murió para que al resucitar todos supieran que el Dios que anunciaba no era invento suyo.

Si Jesús debía morir y resucitar, ¿cómo entonces se podía continuar su obra y reiterar a cada generación y en cada lugar el anuncio del Dios verdadero? Jesús continúa su obra eligiendo unos hombres que con sus palabras y sus vidas realicen lo que realizó él: vivir en comunión con un Dios verdadero (no fabricado por hombres) y realizando su voluntad. Era necesario que Jesús permaneciera en una comunidad que lo hiciera presente y eso es la Iglesia. Y así como Jesús no vivió en su cuerpo mortal manifestando constantemente todo su poder para hacer posible una respuesta libre de los hombres, de la misma manera vive en los bautizados con una apariencia humana y frágil, para continuar en ellos la misma obra que realizó en su vida de Nazareno: manifestarse con la delicadeza de quien nos ama, no buscando un acatamiento a su voluntad que se impone, sino una respuesta libre de amos a su presencia que nos atrae.

El Señor no vino solamente a hablar, sino que tenía que vivir y morir como lo hizo. Por lo mismo debía quedarse no sólo en palabras sino en personas que vivieran y murieran como él, dando testimonio del Dios verdadero.

Si miramos vivir a Jesús en el Evangelio él nos llevará de su mano a mirarlo vivir en la Iglesia, él nos enseñará a descubrirlo y amarlo en esa comunidad que él ama y que nos presenta como su cuerpo que continúa actuando en la Tierra. Si miramos vivir a Jesús en el Evangelio y en la Iglesia, se nos abre de par en par la posibilidad de adorar a Dios en espíritu y en verdad.

Capitulo IV: EN ESPIRITU Y EN VERDAD


"Llega la hora, ya estamos en ella,
en que los adoradores verdaderos
adoraran al Padre en espíritu
y en verdad".
Jn. 4, 23



Ese Jesús a quien podemos mirar en la Sagrada Escritura y en la vida de la Iglesia, nos libra de la ceguera que nos produce un Dios inventado por nosotros mismos. Jesús de Nazaret, muerto y resucitado, al revelarnos al verdadero Dios hace posible la verdadera oración es decir, un diálogo real con alguien concreto que no es invento mío. Por lo tanto, un diálogo que no depende solamente de mí, ni en sus palabras, ni en su duración, ni en su contenido o resultado.

Todas las formas de diálogo con Dios, cuanto más alejadas están de Jesucristo se hacen más subjetivas, incomunicables e inseguras. El hombre tiende constantemente a fabricarse dioses, y además esto él lo sabe, y por eso su inseguridad o su temor.

La oración cristiana es un verdadero diálogo con el verdadero Dios, porque en Cristo Dios se nos presenta humanamente, y por lo tanto, adquiere también él ese aspecto incómodo o inasible que tienen para nosotros, en mayor o menor grado, todas las personas que tratamos. Jesús en la Escritura y en la Iglesia está presente como alguien concreto, con aristas que no comprendemos y exigencias que nos modifican.

En la oración cristiana el hombre no piensa en Dios como un muchacho piensa en la mujer que le gustaría tener, sino como piensa el esposo en esa mujer que todos los días comparte su lucha por la vida. La grandeza de orar en Jesús es que tenemos como interlocutor a un Dios que no depende de nosotros, que tiene su opinión sobre nuestra vida, que nos dice lo que no le gusta, que reclama de nosotros parte de nuestro tiempo y que espera nuestra colaboración. En una palabra, es un Dios cercano que por encima de todo, y para nuestro bien, quiere que correspondamos el amor que nos tiene.

Es muy simple orar como Jesús nos enseñó, sólo hace falta tener conciencia de quienes somos y de quien es aquel a quien nos dirigimos. Cuando la oración es para nosotros "un problema" es que aún no hemos entendido nada y planteamos la cuestión de una manera que no tiene solución; nos parecemos a un anciano carpintero cuyas manos ya han perdido las fuerzas y nos dice que su problema es el martillo porque ya no clava bien los clavos. Es absurdo.

Si la oración es para tantos cristianos "un problema", es porque se ha perdido el sentido de la realidad, es por el profundo divorcio que hay entre nuestra vida cotidiana y nuestra fe. Sin los ojos bien abiertos a la vida, sin una verdadera percepción de nuestra impotencia, y con un Dios fabricado o rebajado a nuestra medida, no se puede avanzar ni un paso por el camino del crecimiento espiritual.

Lo mejor que podemos hacer por ese anciano carpintero es explicarle que el martillo no es el problema, que lo que ocurre es que él ya no tiene fuerzas, que si él recupera su energía de antes el martillo volverá a servir. De la misma manera quien tiene "el problema" de la oración debe tomar conciencia de la poca fuerza de su espíritu y no enredarse en interminables reflexiones sobre la oración.

Cuando la oración se convierte en un tema constante de nuestras cavilaciones, charlas y lecturas; cuando en nuestra relación con el Señor nuestro problema es la oración, quiere decir que ya no oramos y que hemos perdido la brújula de nuestra vida espiritual, que sólo tenemos una vida interior fabricada por nosotros mismos combinando a nuestro antojo las frases de la escritura, el ejemplo de los santos y las enseñanzas de la Iglesia. Si la oración es un tema de moda en determinados círculos, y un problema para muchos, no es escribiendo o hablando sobre ella que se va a orar más y mejor; al contrario, porque de hecho las charlas, los cursos y los libros sobre la oración se han convertido en un sucedáneo de la oración misma.

Orar no es algo fácil ni difícil, es, simplemente, nuestro instrumento de trabajo y un don de Dios. Si abrimos de verdad los ojos ante la realidad y miramos a la cara nuestra debilidad, nuestra miseria y toda la miseria que nos rodea, si aceptamos esa conciencia de radical impotencia que sentimos ante la multitud de tragedias que hay en el mundo, si reconocemos ante nosotros mismos lo efímero de nuestras vidas y nuestras obras, si, en una palabra, abrimos los ojos, entonces la oración brota espontánea, nos volvemos hacia Dios con sencillez y le pedimos lo que con nuestras fuerzas no podemos lograr. Es algo profundamente humano y simple, lo inhumano y artificial sería no hacerlo.

De la misma manera, cuando somos capaces de abrir el corazón a las palabras y a los gestos de Jesús resucitado, presente y actuando en este mundo; cuando aceptamos un Dios verdadero y por eso mismo incómodo y exigente, como es exigente cualquier persona que nos ama de verdad; cuando abrimos los ojos a todas las maravillas que ese Dios hace por nosotros, entonces también brota sin esfuerzo de nuestros labios la oración de petición, la alabanza y la acción de gracias.

Si abrimos los ojos la oración brota de nuestro corazón, si somos dóciles Dios nos concede el don de orar, pero estas dos cosas no eliminan algo que nunca podemos olvidar: de nuestra parte, la oración es una tarea. Es fundamental comprender que la oración, en cuanto acción humana, puede ser, como cualquier otra actividad, bien o mal hecha. Que Dios "escriba derecho con renglones torcidos" no nos quita a nosotros la responsabilidad de hacer bien los renglones.

Lo importante no es rezar mucho o poco sino rezar bien, maduramente, con seriedad, como quien es conciente de estar haciendo algo que exige la mayor responsabilidad. Habitualmente se reza como se es: el inmaduro lo hace inmaduramente, dejándose llevar por los estados de ánimo, el egoísta reza pensando en sí mismo y el perezoso reza cuando quiere. El crecimiento en nuestra oración depende del desarrollo de nuestra madurez humana y, a su vez, una vida de oración encarada con seriedad nos ayuda a madurar.

Nuestra oración es madura cuando es estable, o sea, que no depende de los vaivenes de los estados de ánimo, sino al contrario, por encima de tristezas y alegrías, depresiones o euforias, fervores o arideces, la relación con Dios mantiene su propio ritmo; cuando es pura, y entonces va mas allá del propio interés buscando siempre el cumplimiento de la voluntad de Dios; cuando es agradecida y todas las suplicas son acompañadas de acción de gracias, alabanzas y adoración; cuando es simple y por lo tanto practicable en todo momento y compartible con los demás.

Sólo la Iglesia puede enseñarnos a orar así y lo hace fundamentalmente a través de la liturgia, su oración oficial. Es en ella donde se aprende a usar la sagrada escritura, a ser simple, contemplativo, constante, sereno, desinteresado. Cuando somos capaces de orar con las palabras de la Iglesia, cuando nuestro corazón se alegra al repetir oraciones que desde hace siglos están en la boca de todos los cristianos, cuando descubrimos que la liturgia refleja magníficamente todas las ansias de nuestro corazón, entonces experimentamos que, de verdad, no somos nosotros los que oramos sino el Espíritu que ora en nosotros; y usaremos las palabras de los santos porque el mismo Espíritu que estaba en ellos está en nosotros; y usaremos las palabras de María y los Apóstoles porque el mismo Espíritu que hizo en ellos grandes cosas también arderá en nuestro corazón; y usaremos las palabras de Jesús porque él envió a nuestros corazones su Espíritu Santo para que podamos decir a Dios "Padre".

Y así, dejando el hombre viejo, nos habremos "revestido de Cristo", abandonado una vida interior, quizá rica pero obra nuestra, y adquirido una vida espiritual obra de Dios con nosotros. Entonces adoraremos a Dios en el Espíritu y de verdad, porque será el Espíritu con nosotros, que usando las palabras de la Iglesia, el Cuerpo de Cristo, hará de cada uno una alabanza agradable a Dios nuestro Padre, el único Dios verdadero.

Sign in  |  Recent Site Activity  |  Terms  |  Report Abuse  |  Print page  |  Powered by Google Sites