Capitulo V: AMAR BIEN "Cristo, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación". Concilio Vaticano II, G.S. 22
Jesús no ha venido solamente a decirnos quién es Dios y cómo tenemos que tratar con él, también ha traído su mensaje sobre el hombre y el mundo. En él se revela el misterio de Dios y así se nos abre la posibilidad de una oración verdadera, pero también en él se nos manifiesta el misterio del hombre, y por lo tanto, el secreto que hay escondido en cada uno de nosotros y la clave para lograr una convivencia plena.
Una errónea interpretación del mensaje de Jesús, muy difundida en los últimos tiempos, hace que hoy tengamos que afirmar que cuando hablamos de vida espiritual nos referimos a una realidad que afecta al hombre entero, tanto en su dimensión sicológica como corporal, en su vida individual como social. El solo hecho de que sea necesaria esta aclaración nos muestra lo distorsionada que está la comprensión del Evangelio en nuestros días. Ningún contemporáneo del Señor hubiera pensado un instante que Jesús venía a salvar "el alma" o que para amarlo a él había que desentenderse de las responsabilidades de la vida.
Si miramos vivir a Jesús en las Escrituras y en la Iglesia, es evidente que su mensaje es asombroso también por lo que dice con respecto al hombre. La Resurrección del Señor es la resurrección de un hombre y al creer en ella afirmamos no sólo que Jesús resucitó, sino también que es posible que un ser como el nuestro resucite, que tenga una vida nueva y definitiva en una dimensión distinta.
Creer en el resucitado afecta nuestra actitud ante el universo entero, porque este ser capaz de resucitar que es el hombre está hecho de barro, es decir, viene de la tierra, su vida orgánica, sus células, sus procesos químicos, los elementos que lo constituyen, los encontramos también en el resto de la creación. Jesús nos revela el misterio de Dios, del hombre y del mundo, y creer en él y querer vivir una vida espiritual verdadera es una aventura que llamamos interior porque se inicia en nuestro corazón, pero que sacude al hombre entero y repercute sobre todo lo que le rodea.
Son muchas las personas que consideran que la fe de los cristianos es algo que afecta exclusivamente el campo "espiritual", entendiendo por "espiritual" la relación individual e íntima entre el hombre y Dios. Incluso algunos cristianos tienen ideas poco claras sobre el tema y viven como ensimismados y en una profunda incoherencia entre su fe y su vida concreta. Y esto no se debe a que el egoísmo o la debilidad personal les impida una vivencia mas plena del Evangelio, es algo más profundo: existe una toda actitud, que surge habitualmente de una mala lectura de los místicos, que convierte la "huida del mundo" en la característica principal, como si la vida cristiana fuera tanto más perfecta cuanto más alejada de las realidades temporales. Esto ya no es una separación de hecho entre la fe y la vida, sino una concepción que por principio defiende esa separación.
Hoy es especialmente urgente recordarlo: la Resurrección de Jesús es también una buena noticia sobre el mundo, sobre el valor insospechado de cada momento y cada gesto. Si no descubrimos esto nuestra vida espiritual naufraga inevitablemente, y nuestra alegría de ser cristianos se convierte en el fruto de un esfuerzo intelectual y no en algo real y concreto. Para crecer espiritualmente es indispensable una alegría verdadera y ésta nace de una manera concreta de vivir y no de algunas ideas sobre la vida.
La Resurrección de Jesús le da una nueva dimensión al amor humano, al trabajo de cada día, a todo lo que miramos. La alegría y la esperanza que surgen de nuestra fe, no son el consuelo al que se recurre ante una desgracia o durante una tarde mas o menos melancólica. Es el fruto de una manera distinta de mirar el mundo, este mundo que a nuestros ojos no sólo ha sido creado por Dios, sino que también lleva en sí la semilla de una nueva creación, que va surgiendo como una obra que ya no es sólo de Dios sino también nuestra.
Desde nuestra fe Dios no es un primer principio de todas las cosas, impersonal y abstracto, ni tampoco un ser personal y omnipotente que ha creado todo pero que permanece inaccesible y se desentiende de su obra. Una religión que tenga estas concepciones de Dios no tiene ningún motivo trascendente para ocuparse del hombre y del mundo. Para el cristiano Dios es un ser personal y omnipotente que ha creado todo por amor, con quien se puede hablar y a quien se puede pedir. Creemos en un Dios que se revela al hombre, que nos habla y manifiesta su voluntad. Y a esta idea de Dios se corresponde una idea del mundo, éste no es algo que no tiene nada que ver con Dios, ni algo malo que se opone a él o algo impuro de lo cual hay que alejarse; por el contrario, es una obra buena, salida de las manos de un Padre y confiada al hombre para que él la gobierne.
Esta visión de Dios y del mundo se corresponden a su vez con una concepción del hombre, según la cual para el cristiano, el hombre no es un ser bueno que sólo hay que dejar libre para que realice espontáneamente el bien, ni algo irremediablemente corrompido incapaz de buscar otra cosa que la satisfacción de todos sus deseos. La fe nos enseña a ver al hombre como creado por Dios "a su imagen", dotado de inteligencia y voluntad, capaz de conocer la verdad, dueño y responsable de sí mismo, con la posibilidad de elegir entre el bien y el mal. Único e irremplazable, cada ser humano es a la vez un ser social y por eso absolutamente necesitado de una comunidad que lo condiciona al mismo tiempo que lo engrandece.
Es inevitable: si tenemos una idea pequeña de Dios será igualmente estrecha nuestra visión del hombre y del mundo. Muchas veces no encontramos la manera de crecer en nuestra relación con relación con Dios porque no estamos dispuestos a cambiar nuestra relación con el mundo, con los hombres, con nosotros mismos. Cada paso que damos en el conocimiento y el amor de Dios, tiende a modificar nuestra manera de pensar y de actuar en la vida concreta. La aceptación del Evangelio exige una conversión, un cambio de actitud ante la realidad, que a su vez impulsa una modificación concreta de nuestras actividades y compromisos. Erramos la ruta cuando queremos pasar directamente desde el Evangelio al compromiso, sin haber pasado antes por un profundo cambio de actitud ante la realidad, la realidad de este mundo, estos hombres, y ese ser humano concreto que es cada uno.
En la medida que nuestra vida espiritual es obra del Espíritu con nosotros, se ensancha nuestra visión de todo lo que nos rodea y nuestro corazón se hace más hospitalario y comprensivo. Al contrario, en tanto nuestra vida interior es algo que nosotros fabricamos trabajosamente a partir de nuestras ideas sobre Dios, el mundo y los hombres, nuestra mentalidad se hace más sectaria y nuestro corazón se vuelve intolerante. Esa vida es muchas veces muy similar a la de un buen cristiano pero en realidad se vive más preocupado por lo que no hay que ser (no ser como los de izquierda, no ser como los ricos, no ser como los intolerantes, no ser como los progresistas, no ser "como todo el mundo", etc.) que preocupados por todo lo que sí hay que ser, hacer, vivir, crear, alabar, agradecer. Parece la vida de un cristiano, pero no se vive atraído por esperanzas sino asustado; se vive, curiosamente, sin una tabla de valores propia, porque en realidad sólo se tienen en claro los anti-valores que hay que combatir.
Cuando un cristiano vive impulsado por el Espíritu una vida espiritual construída sobre bases sólidas, tiende tanto a distinguirse de los demás hombres como a dialogar con ellos. A distinguirse, porque el Evangelio engendra una forma de vida concreta, y a comunicarse porque en esa forma de vida no tienen cabida la indiferencia, el temor o el desprecio. Al contrario, se vive abierto a la crítica y al diálogo precisamente porque se tiene un camino propio, porque se avanza confiado en Jesús y apoyado en valores trascendentes.
Hay un profundo contraste entre la figura de muchos cristianos que hoy se llaman "comprometidos" y la figura de un enamorado del Señor como San Pablo, aquellos se sienten más cristianos cuanto más protestan por lo mal que marcha el mundo, y Pablo proclama con su vida y sus palabras lo que nos diferencia de los paganos: "no estéis vosotros tristes como esos que no tienen esperanza" (1 Tes. 4,13).
Desde la fe, que hace nuestro corazón generoso y que nos da una visión del mundo y del hombre amplia y a la vez realista, nace una urgencia por construir, en cada tiempo y lugar una convivencia plena. La vida espiritual nos empuja hacia una valoración de cada instante de la existencia y de cada ser humano. Nos urge a un compromiso para que todo hombre sea reconocido en su dignidad, que tenga lo necesario para vivir, para cultivar su espíritu, para ser libre; que pueda formar una familia, vivir una amistad, expresar su pensamiento, conocer a Jesucristo, amar a Dios. Esta urgencia que brota del corazón del cristiano y que se realiza en gestos concretos, es el signo más claro que tenemos sobre la autenticidad de nuestra propia vida espiritual.
En definitiva, volvemos al eterno tema del amor: si amamos a Dios tenemos que amar a nuestros hermanos. Pero esta realidad tan antigua, cada tiempo, cada pueblo y cada hombre, la vive de maneras distintas. Con el amor ocurre algo similar a lo que señalamos con respecto a la oración, hoy estamos acostumbrados a expresiones como "amar mucho" o "amar poco", en realidad debiéramos decir "amar bien" o "amar mal".
La clave no está en si amamos mucho o poco a Dios y a los hombres, porque si planteamos así las cosas no hay un punto de referencia objetivo, no tenemos una unidad de medida, lo que es mucho para unos es poco para otros. El signo para saber discernir si realmente nuestra vida espiritual es impulsada por el Espíritu, tenemos que buscarlo en nuestra capacidad de amar bien. Jesús debe ser el punto de referencia, el polo que atrae la brújula de nuestro corazón; aquel que nos señale el camino del buen amor. Es una cuestión de calidad, no de cantidad; nuestro amor es mejor cuanto más se parece al suyo.
El Señor con su vida y sus palabras derriba la pared que nos separa de Dios, esa pared que levantamos "con sus figuras", como decíamos al principio usando la imagen de Rilke; y en ese instante caen también las paredes que nos separan de los demás hombres y del mundo. A partir de ese momento, cuando ya no tenemos un Dios inventado por nosotros mismos, queda abierta la posibilidad de amar bien, de amar como Jesús, de crear una armonía entre los hombres que supere lo que nosotros habíamos imaginado.
La visión cristiana de Dios, del hombre y del mundo, rompe las imágenes que los hombres fabricamos con respecto a nuestra propia convivencia y nos sorprende al revelarnos la posibilidad de un camino distinto para construir la anhelada unidad.
| Capitulo VI: EN ESTE MUNDO "Sed prudentes como las serpientes, y sencillos como las palomas". Mt. 1, 23
En definitiva, todo lo que hemos dicho hasta ahora es que gracias a la Resurrección de Jesús podemos tener una vida espiritual auténtica que no se apoye en fantasías. Esa buena noticia de la Resurrección que transforma el horizonte de nuestra existencia, es lo que anuncia la Iglesia desde siempre y lo que reitera también en nuestros días.
Nuestra vida espiritual es una realidad muy íntima y personal, pero no es algo absolutamente privado, el contexto social influye sobre ella de muchas maneras. Hay tiempos y grupos sociales que favorecen el desarrollo de una vida espiritual sana y otros momentos y sociedades en los que se requiere un mayor esfuerzo del individuo. También la vida espiritual de cada uno influye sobre el grupo y una comunidad que vive dócilmente de acuerdo con el Espíritu de Dios, modifica la sociedad más amplia de la cual forma parte.
Este final del siglo XX que nos toca vivir, no es un tiempo fácil para escuchar la buena noticia de la Resurrección y cultivar una vida espiritual cristiana. Ahora lo que importa es la eficacia, que las personas y las cosas sean útiles, que sirvan. Los principios por los que se rige la economía se han filtrado hasta nuestro corazón y los aspectos más íntimos de la vida son juzgados en función de la utilidad. Nos acostumbramos desde la niñez a usar todo para nuestra propia satisfacción, sólo nos interesa lo que nos hace sentir bien, la espontaneidad es un valor incuestionable y el esfuerzo algo que debe evitarse. En el campo religioso personal se considera que lo válido es "lo natural", es decir, lo que brota sin esfuerzo, cualquier elaboración propia es sospechosa de falsedad o de enfermedad sicológica.
Además, vivimos en un mundo marcado desde hace mucho por un materialismo asfixiante que ha invadido todos los órdenes de la vida y que ha sido violentamente combatido por idealismos de todos los colores. Estos idealismos han tenido a su vez consecuencias funestas y se han convertido en falsas opciones que desembocan en nuevas esclavitudes. Unos y otros destruyen por igual la libertad y la riqueza de las personas: el materialismo porque encierra al hombre en este mundo sin ninguna posibilidad de trascendencia, y los idealismos porque lo sacan de él sin darle nada concreto a cambio.
Es lógico que en este contexto las palabras de la Iglesia anunciando la Resurrección de Jesús suenen fuera de lugar. No es fácil percibir su utilidad, exigen un esfuerzo interior, no parece una cuestión muy urgente y son palabras que no entran dentro de los esquemas de moda. Para aquellos que no están interesados en superar el nivel más inmediato y material, la Resurrección de Jesús es una cuestión, en principio, sin importancia. Para los que viven en el mundo de las ideases un tema que no tiene la claridad que ellos necesitan y por ello la dejan de lado, aunque sí se ocupan de la vida y las palabras de Jesús y encuentran en ellas mucho material para sus elaboraciones intelectuales.
En éste contexto no es difícil perder el rumbo cuando se quiere crecer en la vida espiritual. El mundo nos plantea opciones falsas a cada paso y esto nos exige un esfuerzo constante y una captación inteligente de lo esencial que nos permita descubrir aquello que es verdaderamente importante. Por eso comenzamos tratando de distinguir entre la vida interior y la vida espiritual, quisimos preguntarnos sobre nuestra fe en Jesús y luego volver la mirada hacia lo único definitivo y verdaderamente nuevo: la Resurrección del Señor.
Sólo este acontecimiento puede hacernos superar de verdad esa trampa hacia la que se nos empuja en estos tiempos y que podemos formular de esta manera: o dejamos de pensar y aceptamos el mundo tal como es, nos dedicamos a ganar dinero y vivir lo mejor posible, o nos embanderamos detrás de tal idea y empeñamos nuestro corazón en la lucha contra los que no piensan como nosotros. En otras palabras: o las satisfacciones del materialismo, o el gusto de tener razón y luchar por una causa que consideramos noble. Los jóvenes y los corazones generosos suelen elegir la segunda posibilidad y así ya se han engendrado tristes experiencias que culminan en efectos quizá no pensados por los iniciadores: comunismo, fascismo, nazismo, terrorismo, dictaduras, han sido las respuestas a los idealismos más extremos. Sin embargo estos pasan y el materialismo es cada día más poderoso, y es lógico, entre obedecer a las leyes de la materia, a los caprichos de la naturaleza y el destino, o someterse a la voluntad de los hombres, los humanos siempre hemos elegido lo primero.
El mayor peligro para los cristianos de este tiempo es olvidar la resurrección, rebajar el Evangelio a unas ideas, y oponer así al materialismo imperante un idealismo (moral, político o de cualquier tipo) construído con frases de Jesús. El materialismo es un enemigo que tiene fuerza pero que es grande y torpe, fácil de ver. Más peligroso es ese sutil encanto de las ideas y las imágenes que nos impiden tener una relación de amor con Dios y tranquilizan nuestra conciencia con palabras robadas a Jesús.
Cuando lo que escuchamos no son las palabras de Jesús, sino la de otros que a Jesús se las robaron, y con ellas hacemos un mundo interior a nuestra medida, que sólo compartimos con quienes piensan como nosotros, entonces además de errar nuestro camino personal hacemos imposible la unidad y la vida comunitaria. Entonces, en nombre de Dios se siembra la división y volvemos a ser como los que mataron a Jesús. Pocas cosas tan difíciles de compartir como la vida interior y pocas tan fáciles como compartir la vida espiritual. Si el Espíritu es uno la comunión es posible, si lo que queremos compartir son ideas quizá logremos algo que exteriormente parezca una comunidad, pero donde cada uno vivirá separado y lejos de los demás. Cuando no hay preocupación por el desarrollo de la vida espiritual, ha caído por la base la posibilidad de un progreso en la convivencia.
También por este motivo es conveniente reflexionar sobre estas cuestiones y saber distinguir la vida espiritual de otras cosas que se le parecen. Porque no sólo son muchos los cristianos que en el fondo de sus corazones están desorientados por ideologías e imaginerías, sino también son abundantes los intentos comunitarios que naufragan por carecer del suficiente vigor espiritual y estar saturados de lo que la misma escritura llama "palabrería vana". Personas excelentes, ideales maravillosos y resultados muy pobres, la explicación de que somos pecadores no es suficiente, además estamos equivocados. No sólo hace falta buena voluntad, también es necesario que haya más luz. Un signo de cuanto hay de ideologías y cuan poco de Evangelio, es que en el fondo del corazón muchas veces nos duele más la posibilidad de no tener razón que la seguridad de ser pecadores.
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