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Juan el Bautista, el último profeta del Antiguo Testamento, presenta a Jesús como “el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”.  Lo que él no sabía, ni podía imaginar, era cómo, de qué manera Jesús haría eso. Probablemente pensaba que Jesús llevaría adelante una obra parecida a la suya pero con más éxito. Y ¿qué hacía Juan? Lo mismo que todos los profetas hasta entonces: denunciar el pecado, exhortar a cambiar de vida y realizar gestos de purificación. Desde hacía siglos esa era la “receta”, o “la metodología” pero además había que sumar algo, debían hacerse sacrificios para aplacar la ira divina, sacrificios “de expiación”, para eso se usaban animales, especialmente corderos.

Pero este Cordero que nos presenta Juan elige un camino nuevo, absolutamente revolucionario y sorprendente. Jesús quita el pecado del mundo haciendo algo para Juan inimaginable, algo nunca visto en la historia de Israel: se acerca a los pecadores, los elige como amigos, come con ellos, los defiende ante las agresiones y marginaciones a las que son sometidos. Como dice San Pablo “se hace uno de ellos”.

¿Entonces ya da lo mismo ser pecador que no serlo? No, Jesús no se deja engañar y no engaña a nadie, lo que está mal está mal, lo denuncia y lo condena; pero no lo hace desde la vereda de enfrente y señalando a la distancia, lo hace desde cerca, tocando, dejándose tocar, compartiendo el drama del pecador. Jesús está cerca del pecador como está el padre que visita a  su hijo en la cárcel, como está el amigo del amigo que ha cometido un error. Cerca, afectuoso, sin complicidades. Jesús está junto al pecador como abogado defensor, no como fiscal. El Cordero de Dios quita el pecado del mundo con la fuerza del amor.

Esa manera de hacer las cosas lo llevará hasta la cruz y dará la vida pidiendo que sus verdugos sean perdonados, y el Padre resucitará al tercer día a quien de esa forma quitaba los pecados.  A quien así quita hoy mis pecados, los tuyos, los de cada uno.