El momento de la homilía



1 - La experiencia de hablar en el momento de la homilía

Mi primera homilía la dije en la Catedral de San Isidro, no recuerdo qué día, pero fue en el año 1974. Yo era seminarista, y en ese momento se había decidido que teníamos que aprender a preparar y decir homilías incluso antes de ser ordenados diáconos, que es cuando uno puede empezar a predicar. Desde entonces lo hice casi todos los días de mi vida de sacerdote, desde hace más de 30 años.

Durante este tiempo, una de las cosas que me ha hecho más feliz, son esos minutos de la misa en los que, después de la proclamación del Evangelio, me dirijo a la comunidad con las mejores palabras que encuentro en mi corazón. Lo primero que me nace decir sobre lo que vivo en ese momento, es que siento que algo se suelta en mí y me invaden una claridad y una fuerza que me sorprenden. Lo que ocurre cuando hablo en la homilía es algo completamente diferente a cualquier otra experiencia de hablar en público, hablo desde un lugar interior distinto, no expreso lo que sé o lo que pienso, sino lo que siento que debo decir en ese día a esas personas.

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2 - Cómo preparo las homilías

Proponerme explicar esto es una tarea bastante complicada, porque en realidad no las preparo, al menos no lo hago en el sentido en el que muchas personas se lo imaginan.

Creo que habitualmente se piensa que, cuando el cura tiene que predicar, lo que hace es leer los textos que corresponden a ese domingo, o a la misa que se vaya a celebrar, y después de leerlos llega a la conclusión de que hay que hablar de tal tema. Por ejemplo, si el texto nos presenta ese pasaje de la última cena en el que Jesús  habla del mandamiento del amor, entonces el tema es “el amor”. El paso siguiente es pensar qué se puede decir del amor que a la gente le haga bien. Otra posibilidad es relacionar ese texto con otros similares y, por ejemplo, explicar lo importante que es el tema del amor en la Sagrada Escritura haciendo un recorrido entre distintos libros de la Biblia. Para algunos, si hay que hablar del amor, entonces habrá que aprovechar esa ocasión para hablar del “verdadero amor” y compararlo con “eso que ahora llaman amor”.

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3 - ¿Improvisar o leer?

 Si lo que importa es saber leer los textos bíblicos y saber escuchar ¿entonces no hay nada que estudiar? ¿de qué hay que hablar? ¿cuál es el contenido? ¿se trata simplemente de leer un texto, preguntarme qué me dice a mí y pararme delante de la comunidad a compartir lo que siento?

Sí que hay que estudiar, mucho, muchísimo, toda la vida no alcanza para aprender todo lo que hay que saber. Hay que estudiar Biblia, Moral, Historia, Literatura, Derecho, Psicología, todo lo que se pueda de todos los temas. Estudiar es tomarse en serio las preguntas; las nuestras y las de los demás. Estudiar es descubrir los propios límites, experimentar una pobreza profunda y procurar superarla con esfuerzo. Pero para hablar en la homilía no es suficiente estudiar, hay que poder hacer como el buen médico, que sabe mucho, pero que en el momento que tiene enfrente a un paciente, de alguna manera se olvida de todo lo que aprendió y se sumerge en el caso concreto que tiene que atender. Todas las teorías son muy importantes, y gracias a ellas se podrá resolver el caso, pero cada paciente es único y existe una única manera de tratarlo. La homilía es para unas personas concretas que están ahí ese día, con determinados dolores, esperanzas, inquietudes, búsquedas; muchas veces viviendo situaciones muy difíciles y esperando una palabra que necesitan escuchar en ese instante y no después.

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4 - La homilía, un encuentro personal

Cuando leo una muy buena homilía que ya fue dicha, tengo la sensación de estar mirando una bella mariposa pinchada con un alfiler y puesta en un cuadro por un coleccionista. No importa si se trata de una homilía de San Agustín o del Papa; o alguna de las que llegan por mail de a centenares en la actualidad; en cualquier caso, la sensación es estar mirando algo que ya pasó, que pertenece a otro tiempo y estaba destinado a otras personas . Cuando entro en internet para mirar las páginas dedicadas al tema, la sensación es la misma que tengo mirando el Canal Gourmet, lo que uno encuentra sirve para sacar ideas, pero poco más, te deja con más hambre que antes.

Las homilías, como todo en la liturgia, es algo que ocurre en un momento, es algo que hay que vivirlo. Me parece que siempre hay que recodar que las homilías existen mientras se las dice y se las escucha. Como una charla importante entre un padre y un hijo; como una declaración de amor… son irrepetibles. Por eso para hablar en ellas la clave es la intuición, es la capacidad de acertar a decir lo que es necesario en ese momento y a esas personas.

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5 - Hablar para ser escuchado

Hace muchos años tuve la oportunidad de vivir una experiencia sorprendente mientras visitaba una enorme catedral luterana, en un país nórdico en el que esa era la religión “oficial”. Mientras los turistas recorríamos las naves laterales, en el altar central, en un importante púlpito, un predicador comenzó a hablar. No había absolutamente nadie prestándole atención pero él seguía desarrollando su discurso con convicción. Me puse a escucharlo, en realidad a mirar la escena, porque no entendía ni media palabra de lo que ese buen hombre decía. Cuando me vio empezó a hablar dirigiéndose directamente a mí, que era el único auditorio que tenía. La situación era incómoda, yo quería seguir mi recorrida turística pero me resultaba violento abandonar al predicador en completa soledad. No recuerdo cómo hice, pero logré escapar y observar desde otro ángulo. El hombre siguió su parlamento unos diez minutos ante un templo vacío, o peor, con turistas que caminaban sin escucharlo ni mirarlo. Finalmente terminó y se dirigió tranquilamente a la sacristía. Comenté lo ocurrido en la Iglesia católica en la que me alojaba y me explicaron que los predicadores de esa catedral eran funcionarios a los que se les pagaba por hablar, y si no tenían público, ellos igual tenían que cumplir con su función. Los predicadores hablaban, si no había nadie, o la gente no quería escuchar, no era problema de ellos.