2097286-768x432El papa Francisco nos ha invitado durante todo el año a reflexionar sobre la misericordia. No solamente a reflexionar. Nos ha pedido que realicemos gestos de misericordia. En un mundo cada día más violento, injusto y muchas veces cruel, Francisco como un profeta en el desierto ha levantado su voz y ha realizado gestos concretos y desafiantes. Palabras y gestos que una y otra vez han querido sacudir la indiferencia instalada en la sociedad de consumo y, a la vez, ha querido mostrar su cercanía y ternura a las personas que por diferentes circunstancias sufren cualquier forma de atropello a su dignidad de hijos de Dios, hijos del Padre de la misericordia.
En un mundo en el que millones de personas huyen de sus hogares escapando de guerras o hambrunas, la figura blanca e inconfundible del Santo Padre no ha permanecido neutral, ha tomado partido; los pobres, los ricos, los marginados y los poderosos saben que Francisco no es una figura equidistante y con palabras ambiguas. Ha dejado bien claro de qué lado está y al hacerlo nos ha empujado a todos a abandonar la comodidad; la comodidad del que está instalado en sus seguridades y la comodidad del que está instalado en su papel de víctima. Nadie ha quedado afuera, sus palabras y gestos apuntan en todas las direcciones. La ternura y la misericordia han dejado de ser bellas palabras que pueden utilizarse en cualquier discurso o desde cualquier escenario.
Durante este año la palabra misericordia se ha llenado de un significado potente y desafiante. Nadie puede hacerse el distraído. Las palabras fueron acompañadas de gestos que las definieron. Las propuestas no han sido conceptuales y, por ese motivo, las respuestas no han podido ser frases hechas o teorizaciones vacías. El papa Francisco no genera discusiones sino que enciende pasiones. Ni quienes están a favor ni quienes están en contra saben poner en palabras claras el motivo de su adhesión o rechazo. Unos y otros han sido desplazados del conocido terreno de las ideas al incómodo espacio de las sensaciones.
Por ejemplo: la imagen de un Papa abrazando a una arzobispa luterana deslumbra o irrita, fascina o indigna. Las ideas, los conceptos, los prejuicios o los discursos quedan relegados al espacio destinado a las discusiones anecdóticas de algunos nostálgicos. Pase lo que pase ya nada será igual. Con esa imagen un muro construido durante siglos ha sido derribado y sobre sus escombros ya se está escribiendo una nueva historia. Este año jubilar nos ha mostrado que la misericordia no es una palabra bonita sino una poderosa herramienta capaz de derribar murallas y abrir caminos.
Francisco no solo nos ha hablado de misericordia, nos la ha mostrado, hemos podido verla. Para sacudir nuestra indiferencia o curar nuestra ceguera o nuestra parálisis, el Papa no ha utilizado la amenaza sino la ternura. A pesar de nuestras torpezas ha confiado en nuestra capacidad de cambiar. Como el Maestro de Nazaret, que creyó en nosotros para que nosotros creamos en Él.

Jorge Oesterheld

Publicado en Vida Nueva Cono Sur 13/11/16