Este texto, inagotable y abierto a muchas interpretaciones, es presentado por Mateo a continuación del relato de las bienaventuranzas, “felices los pobres, los que lloran, los que luchan por la justicia…”

Intentemos imaginar la escena: Jesús diciendo esas palabras a un grupo de hombres y mujeres pobres e ignorantes, reunidos en algún camino de Galilea, en un punto remoto y desconocido del Imperio Romano ¿qué está diciendo este hombre? No les dice que ellos pueden ser la sal y la luz, ¡les dice que ya lo son!

Podemos también dejar de lado la imaginación, no intentar retroceder dos mil años y mirar a nuestro alrededor. Hoy, aquí, el Señor nos dice esto a nosotros. La escena no es tan diferente de la que imaginamos hace un momento, aquí también somos un grupo de hombres y mujeres llenos de limitaciones, en una pequeña parroquia de una inmensa ciudad: ¿nosotros, la sal de la tierra y la luz del mundo?

Quizás las palabras se nos aclaren un poco si no las tomamos tan literalmente,  si nos atrevemos a leerlas de otra manera y a mirarnos a nosotros mismos desde otro punto de vista.  Me parece que Jesús más que hablar de nosotros está hablando de Él, nos está abriendo su corazón. Quizás lo que nos está diciendo Jesús es lo que somos para Él. Ese pequeño grupo de pobres que confían en su palabra son como su familia. En otro momento dirá “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos? Los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Jesús ha dejado su trabajo, su casa, su hogar, ese conjunto de hombres y mujeres que lo siguen ha puesto en Él toda su esperanza. Lo escuchan, a veces no lo entienden, pero confían en Él. Jesús los ama y expresa su sentimiento, esas personas son para Él “la luz del mundo”.

Podemos leer este texto como palabras del Señor que nos envía como sal y luz a la conquista de un mundo insípido y oscuro, o podemos leerlas como una expresión de su amor. En el primer caso se nos impone una tarea, inmensa y desafiante; el centro del mensaje somos nosotros mismos. En el segundo, lo que importa es Jesús y lo que Él siente: que nosotros somos para Él la sal y la luz, y porque lo somos para él es que lo somos para el mundo. Me gusta pensar que porque Él nos ve así es que hay luz en nosotros. Porque Él siente ese amor por cada uno de nosotros, que confiamos en Él desde nuestras limitaciones, es que tenemos que poner esa luz muy alta y todos la tienen que mirar y dejarse iluminar por ella. El mundo puede iluminarse por la luz de Jesús, no por la nuestra. Es esa luz la que se refleja en nuestras “buenas obras” y por eso quienes las ven deben glorificar al “Padre que está en el cielo”.

 

presentaciones0_1458

Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres.

Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa.

Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo.

Mt 5, 13-16