lazaro

“Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.” Juan 11, 1-45

El evangelio de Juan nos presenta la resurrección de Lázaro como el último milagro de Jesús. Después de esto los jefes del pueblo deciden matarlo.

Jesús, que muchas veces se había presentado como el que da vida, (y dar vida es algo que solo Dios puede hacer), ahora hace algo que va más allá de todos los milagros anteriores: devuelve la vida a un muerto. Jesús hace lo que solo hace Dios; se está manifestando como verdaderamente Dios.

En el mismo momento en que muestra su divinidad aparece también su ternura y proximidad humana: llora, está conmovido, tiene amigos, los demás dicen: “¡Cómo lo amaba!”.

Jesús, verdaderamente hombre y verdaderamente Dios, es el que da la vida.

La palabra vida, como muchas otras, está gastada. Se la usa de tantas maneras que casi ha perdido significado. Pero de todas las malas utilizaciones hay una que es la peor, esa que asocia “vida” a todo lo bueno que puede ocurrir y la contrapone a “muerte” como lo contrario a la vida y signo de todo lo malo que a uno le puede pasar.

La realidad es que la vida es todo lo bueno y también todo lo malo, el dolor, el sufrimiento y hasta la muerte son momentos de la vida. La vida aparece con toda su belleza cuando es fuerza que enfrenta y supera las dificultades, no cuando es un mero transcurrir entre satisfacciones.

Jesús nos da la vida, quiere decir que Jesús nos da esa fuerza que nos hace capaces de superar las dificultades. La vida que nos da Jesús no es la de la publicidad que nos muestra a la gente en un playa del Caribe.

La vida que nos da Jesús es su vida. ¿Y cual era la vida de Jesús? Era una vida de hijo confiado en las manos del Padre. Jesús nos da la vida porque nos enseña a vivir en relación con Dios Padre, porque nos enseña a confiar, porque nos enseña la manera de vivir en paz con Dios y con nuestros hermanos, porque nos muestra el camino que conduce a lo mejor de nuestro corazón.

La muerte de Lázaro, como la ceguera del ciego, “es para gloria de Dios”. Son momentos para la manifestación de la fuerza de la vida. Todos nuestros dolores y sufrimientos son oportunidades para experimentar la fuerza de la vida, la fuerza de Dios actuando en nosotros.

Este es probablemente el punto en el que estamos más lejos de la cultura en la que vivimos. Esta cultura en la que no solo nos negamos a ver la muerte, también nos negamos a ver la vida como una realidad llena de luces y de sombras. Queremos convencernos de que la vida son las luces y que las sombras son la muerte. Por eso no la única solución es huir. Estamos siempre huyendo de todo lo que nos pueda acercar al dolor y no toleramos la posibilidad de enfrentarlo, vivirlo y superarlo.

Jesús, con sus palabras y su vida, nos enseña a vivir sin huir del mal, nos enseña a enfrentarlo y nos muestra que tenemos la fuerza para hacerlo. El Reino que Él anuncia, y al que nos invita a entrar, es ese sitio desde el cual vemos nuestra vida y la de nuestros hermanos de una manera completamente nueva. Desde ese lugar la vida de cada uno de nosotros es un regalo que en este momento recibimos del Padre. Por eso tenemos que buscar el Reino, y todo lo demás “se nos dará por añadidura”.

Jorge Oesterheld, “Hablar de Jesús”