selfie_01“Yo le pido al Señor la gracia de no tomar ninguna medida por imagen. Sino por honestidad, por servicio, esos son los criterios. Maquillarse un poco no creo que haga bien.” Así respondió el Papa Francisco a los periodistas del diario El País, de España, cuando le preguntaron sobre el riesgo que representaba para la imagen de la Iglesia su mediación en algunos conflictos.

De ese extenso reportaje fueron muchas las expresiones del Papa que la prensa mundial recogió y utilizó. En algunas ocasiones el periodismo retomó sus palabras para una reflexión y en otras solamente para redactar impactantes titulares. Pero esa frase con la que comienzan estas líneas pasó sin hacer ruido ante la mirada de los que suelen buscar con lupa entre las palabras y los gestos de este pontífice siempre sorprendente. Sin embargo, es una afirmación clave para comprender su manera de conducir la Iglesia y de participar en las grandes decisiones de la política global.

Nunca se debe hacer algo teniendo como criterio la imagen. Se trata de un concepto novedoso y desafiante en un mundo plagado de pantallas y en el cual, todos los que pretenden “ser alguien”, en lo primero que piensan es en “la imagen”. A partir de ese punto de partida, se pueden entender mejor los mensajes y las actitudes del Papa. Especialmente es impactante la frase, si tenemos en cuenta que fue pronunciada por una de las personas que goza de la “mejor imagen”, en estos tiempos en los que se cuestiona sin piedad a las “clases dirigentes”.

Verdaderas fortunas se gastan día a día en esa carrera interminable por lograr tener “buena imagen” y otros tantos millones se gastan en destruir la imagen del que se considera enemigo. Da lo mismo que sea el ámbito de la política o el de la moda; el del deporte y hasta el de la ciencia; en cualquier actividad todo es “cuestión de imagen”. Habitamos un mundo en el que la realidad se esconde detrás de espejos que reproducen hasta el infinito algo vagamente similar a lo que realmente sucede. Como los aborígenes americanos fueron fascinados por espejitos y abalorios relucientes, miramos las pantallas atrapados por espejismos; sí, como les ocurría a aquellos que estaban a punto de ser “conquistados”, a nosotros las imágenes de miles de pantallas nos impiden ver lo que realmente está ocurriendo ante nuestras narices.

Francisco nos dice que lo que importa no es “la imagen” sino la honestidad y el servicio. Es más, por esa honestidad y ese servicio es necesario arriesgar la imagen. Lo decisivo no es la imagen que los demás tengan de uno, sino la que uno tiene de sí mismo y, en última instancia, lo único importante es la mirada de Dios, que nos conoce mejor que nosotros mismos. En esta valiente actitud está la raíz de la sorprendente libertad que exhibe el Papa Francisco en todos sus actos y palabras. Es paradójico: una sociedad atrapada por las pantallas y el “qué dirán”, respeta y admira a un hombre que no ve televisión y para el cual “la imagen” no es el criterio de acción.

Libertad y valentía

Si los autores de los evangelios se hubieran dejado influir por lo que ahora se conoce como “asesores de imagen”, habrían tenido que borrar más de la mitad de los textos que escribieron. Las visitas a las casas de los pecadores, la proximidad aceptada de prostitutas, la torpeza de los apóstoles, especialmente de Pedro; y tantas cosas más, no hubieran llegado hasta nosotros. Tampoco sabríamos de la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní y, menos aún, de sus últimas palabras: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Esto último no parece una contribución a la “buena imagen” del Salvador ¿Qué motivo tuvieron las primeras comunidades para conservar esos textos? Lo hicieron debido a que la fragilidad humana, nuestra “mala imagen”, forma parte del anuncio del Reino, esa fragilidad deja en claro que la obra es de Dios y no de los hombres; es una manera de poner de manifiesto la fuerza transformadora del Evangelio.

Todos estamos invitados a vivir esa libertad y esa valentía del Papa, no son ellas solamente características personales de alguien muy especial. Esa libertad y esa valentía deben ser notas que distinguen a cualquier cristiano; nacen del Evangelio, son fruto del Espíritu. Por eso, como Francisco dice, se debe “pedir la gracia” –para el Papa se trata de un don de Dios– de no dejarse llevar por “la imagen” y actuar con honestidad. Buen consejo también para cualquier periodista o responsable de un medio de comunicación. El material de trabajo del periodista es la realidad y no la imagen de la realidad; su misión es entrar en contacto con lo que sucede y no dejarse llevar por espejismos. “Maquillarse un poco no creo que haga bien”, nos recuerda Francisco con ironía y humor.

Vida Nueva Cono Sur 5/2/17

Jorge Oesterheld