nobastaConfieso que la lectura de este libro me ha provocado una enorme sorpresa. Agradable, por supuesto. Me explico: supongo que la única razón por la que se me ha pedido que escriba este prólogo son mis muchos años dedicados a la información en general y a la información religiosa más en particular. He leído, por lo tanto, todos –sin excepción– los documentos magisteriales sobre la materia y conozco al dedillo lo que la Iglesia –la jerarquía más bien– piensa sobre la cuestión. También me he sentido obligado a leer la amplia literatura sobre los medios de comunicación y la Iglesia.
Cuando me llegó el libro de Jorge Oesterheld, antes incluso de ojearlo, me pareció que podía ser una más de las obras consagradas al binomio iglesia-comunicación. Las sorpresas comenzaron simultáneamente a la lectura de sus páginas. No, no era lo que se podía esperar (o temer).
Puesto que vamos de confesión en confesión, este libro me ha planteado muchos interrogantes. Me ha obligado a hacerme muchas preguntas a mí mismo sobre el sentido de nuestra misión de comunicadores; me ha desmontado no pocos de los lugares comunes que se vienen repitiendo sobre el impacto de las tecnologías de la información y la comunicación; me ha confirmado en algunos de mis prejuicios sobre la “oficialidad” de no pocos de nuestros colegas; me ha alarmado sobre el peligro de que la Iglesia –siempre la jerarquía– no valore en su justa medida el desafío que se le plantea en este campo o se equivoque en su estrategia por ponerse en las manos de cuatro o cinco desaprensivos con pretensiones magisteriales.
Todo lo que antecede justifica más que suficientemente que recomiende la lectura del libro y que felicite a quien ya
lo tiene en sus manos o sobre su mesa de trabajo. Libro que me atrevería a calificar de profético. Si a alguno le asusta
el adjetivo, le recordaré que la palabra profeta proviene del vocablo griego “prophetes”, que designa no al que anticipa o adivina el porvenir, sino a aquel que habla “en lugar de” o “en nombre de”. En otras palabras, es alguien que interpreta la historia para enderezar el presente y el futuro. En este sentido, nuestro amigo Jorge nos conduce a través del análisis de la coyuntura mediática a la raíz del problema que nos interesa: ¿cómo comunicar de forma creíble y eficaz la persona de Jesucristo, su Buena Noticia? ¿Cómo evangelizar en un mundo de transformaciones tecnológicas en constante progresión? Y aquí nuestro autor nos da una respuesta: “el Evangelio habita en hombres y mujeres de carne y hueso, no en papeles”.
Mientras leía este libro Francisco publicó su Exhortación Apostólica “La alegría del amor”. Oesterheld nos da algunas claves sobre “su sorprendente protagonismo en todos los medios de comunicación contemporáneos”. “Francisco –escribe un poco más adelante– es eficaz usando la originalidad del lenguaje y los signos que encontramos en el Evangelio… Jesús no era un experto en comunicación institucional, era algo más simple y difícil: era coherente, claro, directo. No tenía nada que ocultar, no había en Él segundas intenciones”.
La conclusión de Francisco es sencilla pero contundente: “el compromiso personal es la raíz misma de la fiabilidad de un comunicador”. Por eso: “él se pone juego a sí mismo –nos dice quien trabajó con el entonces arzobispo de Buenos Aires muchos años–, se arriesga, dice lo que piensa y siente, vuelve sobre sus pasos cuando se da cuenta de que no es comprendido y aclara lo que quiso decir. No elude los temas complejos y los trata con palabras comunes. Huye de los tecnicismos que aportan precisión pero que conforman un lenguaje inaccesible para la mayoría. Prefiere las imprecisiones del lenguaje común, se arriesga a utilizar palabras que puedan ser interpretadas de muchas maneras e incluso a inventar palabras nuevas”.
Al cerrar la última de las páginas del libro que hoy tengo el honor de prologar me dije: “No ha sido tiempo perdido, todo al contrario”. Y bien sabe Dios que no es siempre este el balance que se hace al acabar una lectura.

Antonio Pelayo