palabra001Hace ya 25 años que todos los días tengo la oportunidad y el privilegio de predicar en el momento de la homilía. Es mucho tiempo, son muchas homilías. Este pequeño libro es fruto de esa experiencia. No pretende ser una elaboración teórica sobre el tema ni mucho menos agotarlo. Es algo escrito a partir de lo que me fueron enseñando la vida y el ejercicio del ministerio sacerdotal: ésa puede ser su riqueza y ése es también su límite.

En estos años, además, he tenido la ocasión de escuchar numerosas homilías y alimentar mi propia vida espiritual en ellas. He observado con cuidado las formas que las personas tienen de escuchar. Muchas veces las reacciones y comentarios que siguen a las homilías me han llevado a la reflexión y también al asombro.

Una de las cosas que he podido aprender es que no es más fácil escuchar durante una homilía que hablar en ella. Y que para hacer bien tanto una cosa como la otra, tenemos que realizar en nosotros un trabajo personal constante. No se trata principalmente de un trabajo de comprensión de los textos, es más bien un trabajo con nosotros mismos. Más precisamente, es un trabajo de observación de lo que ocurre en nuestro corazón cuando escuchamos determinadas cosas.

Cuando experimentamos dificultades es porque en nosotros hay obstáculos, no porque la Palabra sea difícil. Es la claridad de la Palabra la que ayuda a poner luz en nuestra oscuridad y no la claridad de nuestra inteligencia la que ilumina la supuesta oscuridad de un texto.

Es necesario un trabajo con el texto para comprender lo que dice y esto surge de una necesidad de verdad que hay en cada uno; tenemos que saber lo que las palabras o las frases significan. Pero es preciso también mirar qué pasa en uno al leer el texto. Este conocimiento de lo que ocurre en mí a partir de la lectura también es motivado por la misma necesidad de verdad. Queremos conocer la palabra en nosotros, no en general ni teóricamente.

Hablar y escuchar en una homilía es entrar en una habitación muy iluminada que puede poner al descubierto cosas que no queremos ver. No apaguemos la luz, no la ocultemos, mejor pongamos manos a la obra, en nuestro corazón, en nuestra comunidad, en la Iglesia, en donde sea, para poder vivir a la luz de la Palabra.  

J. O.

PRESENTACIÓN

Por José Ignacio López

“Juntos como hermanos, miembros de una Iglesia, vamos caminando….” Con mejor o peor entonación, con mucho o escaso entusiasmo la melodía brota más o menos al unísono de una concurrencia que parece empeñada en desmentir lo que la canción proclama. ¿Juntos como hermanos? Uno aquí, otra más allá.

¿Juntos como hermanos? Uno o dos en los extremos de un banco; tres filas más allá otra; más lejos, otro más. Se han desparramado casi con esmero.

¿Juntos como hermanos?  Aun en misas dominicales ¿en cuántas de nuestras comunidades puede repetirse la escena?¿Y  cuando el templo está lleno y los bancos completos? ¿ Juntos como hermanos?…En un contexto más que apropiado,  el año del Gran Jubileo y cuando la Iglesia que peregrina en la Argentina ha ejercitado la memoria para reconocer errores e infidelidades y pedir perdón,  desde la sincera y honda inquietud pastoral de Jorge Oesterheld llega esta cordial invitación para revisar nuestras celebraciones eucarísticas.

Espíritu joven y abierto a la búsqueda , enriquecido por la experiencia de veinticinco años de prédica, Oesterheld abre las puertas de su corazón sacerdotal y propone reflexiones interpeladoras a quienes hablan y escuchan en la homilía. Es el suyo un esfuerzo por recuperar el sentido, la riqueza y la paternal, perenne capacidad expresiva de la Palabra, clave y centro de la homilía y por consiguiente, tanto para el que la pronuncia como para el que la escucha concebida como un encuentro personal con Jesús.

En tiempos de discursos vacíos, de mensajes subliminales, de manipulaciones mediáticas, de hablarle a los otros sólo en su condición de consumidores; en tiempos de agudas paradojas cuando el hombre se siente solo en medio de la multitud y existencialmente  incomunicado rodeado de Internet, celulares y televisores las reflexiones que siguen son una verdadera operación de rescate. Un rescate que brota de la fe en la Redención y por tanto en la dignidad del hombre, en su capacidad de cambio. El rescate de un ámbito para la escucha y la conversión, es decir de un lugar donde fe y vida confluyan, donde lo que digo tenga que ver con lo que hago. El rescate de la homilía como cauce y no como valla o atajo para la Palabra. En definitiva, el ardoroso ofrecimiento de una perspectiva evangélicamente interpeladora a cuya luz cada uno pueda emprender el necesario examen crítico de cómo habla o como escucha.

Meditación religiosa abierta a dejarse hurgar por la siempre filosa y vigente palabra bíblica y por Jesús, Verbo encarnado, el intinerario que se traza en estas páginas puede abrir un camino más que fértil para una Iglesia desafiada por actualizar y renovar su acción evangelizadora, por
profundizar su servicio pastoral, su capacidad de escucha y acogida para dar razones de su Esperanza.

Grandes parroquias sumidas en el ruido y la soledad de la gran ciudad, capillas de la periferia, comunidades instaladas en barrios o aquéllas desperdigadas por zonas rurales, allí donde dos o tres se siguen reuniendo en su Nombre para reconocerlo al partir el pan, encontrarán aquí ayuda para esa exploración permanente.

Sugerente, provocadoramente, se podrán sacudir rutinas y costumbres que tantas veces vacían de sentido a muchos encuentros o ahuyentan a quienes están en búsqueda y los dejan con las manos tendidas.

Legítimamente inquieto por dejar atrás  tantas improvisaciones y distracciones, tantos   sermones moralizadores que ayudaron a simplificar y a reducir la hondura de la Palabra, tantos furibundos proyectiles apologéticos, tantos dedos acusadores levantados ahora desde el ambón como antes desde el púlpito, en estas páginas vibra el predicador, el sacerdote enraizado en su época pero no confundido con ella, abierto al diálogo desde su inexcusable condición sacerdotal.

Ese es el sello que lleva el trabajo del padre Jorge, que desde esa identidad ha querido compartir reflexiones y experiencias con unos y otros, con sus hermanos en el sacerdocio, con los laicos y  con la comunidad de la que forma parte y a la que se dirige con el cuidado, el respeto y el celo pastoral con el que cada día, desde hace veinticinco años,  prepara y propone sus homilías. Ahora ofrece pistas y habilita desafíos,  contagia  entusiasmo y desecha cualquier forma de desazón, porque con Teilhard de Chardin cree en las incalculables posibilidades del hombre  a partir de la Palabra y apoyados en El.