A partir del texto de Isaías, Jesús anuncia su misión, aquello a lo cual el Padre lo ha enviado: llevar la buena noticia a los pobres; liberar a los cautivos; dar la vista a los ciegos y la libertad a los oprimidos… O sea que Jesús no vino solamente a enseñar algo, vino a hacer algo en beneficio de los más pobres y marginados.

Pero ¿cuál es la buena noticia de Jesús para los pobres? ¿qué libertad viene a traer para los cautivos y los oprimidos? ¿cómo podrán ver los ciegos? La buena noticia es lo que Jesús dice y lo que dice es algo sorprendente: que Dios está junto a ellos, que no son los abandonados de la mano de Dios sino sus hijos predilectos, eso es lo que cambia sus vidas. El Señor les anuncia que Dios es un Padre bueno que los ama. Eso es lo que a los pobres se les propone creer. Eso es lo que a nosotros se nos propone creer.

Jesús no viene solamente a hablar, él viene a curar, a dar vida, su palabra y sus gestos, su vida y hasta su muerte, no solo contienen enseñanzas, son sanadores, transforman, dan vida, salvan. Todos tenían los ojos fijos en él. Mirarlo, estar cerca suyo, cura.

Lo sabemos por experiencia: hay palabras y gestos que enferman y hay palabras y gestos que curan. Jesús no solamente cura cuando hace un milagro, él cura también cuando habla. Y también lo sabemos por nuestra propia experiencia: escucharlo nos hace bien, nos sana el alma, nos ilumina y nos da fuerzas.

Más tarde Jesús envía a sus discípulos, nos envía, a predicar el Evangelio y curar a los enfermos. No son dos acciones diferentes, estamos enviados a pronunciar palabras y tener gestos que curen a nuestros hermanos.  El Evangelio en sí mismo es sanador. No hay algunos que evangelizan y otros que curan, evangelizar es curar, es salvar.

Jesús está en la sinagoga de Nazaret, en la misma a la que iba desde chico, en donde se había criado. Allí todos era pobres. Les habla a sus parientes y conocidos de siempre, pero la escena termina muy mal, vamos a verlo el domingo que viene: ¿no es éste el hijo de José? ¿quién se cree que es? Muchos de los que tienen los ojos fijos en él se enojan hasta querer matarlo. No es suficiente ser pobre y necesitar ser salvado, además hay que reconocerlo y aceptar esa salvación que se propone.

¿Cómo sanan las palabras de Jesús?  Diciendo quienes somos. Poniendo ante nuestros ojos la verdad, revelando lo que somos e invitándonos a reconocernos así y a descubrirnos valiosos a los ojos de Dios que nos ama, tal como somos. Eso es lo que cura, lo que da la libertad, devuelve la vista, hace caminar. Lo que se nos pide es reconocerlo, aceptar la verdad de lo que somos, eso nos hace pobres y en el mismo momento nos salva.

christ2Lc 1, 1-4; 4, 14-21

Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquéllos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra.

Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido.

Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas de ellos y todos lo alababan.

Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor”. Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en él. Entonces comenzó a decirles: “Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír”.