14445991_939985092791531_4831139373748887523_nEn sus primeras palabras del discurso con el que finalizó su visita a la ciudad de Asís para orar por la paz, el papa Francisco exclamó: “tenemos sed de paz”. Tener sed es una de las urgencias más estremecedoras que puede vivir un ser humano. La sed es algo que exige una respuesta, que no admite demoras. “Tengo sed” fueron unas de las últimas palabras del Señor en la cruz.

Pero Francisco no se demora en retórica e inmediatamente después de esa afirmación nos invita a mirar las causas profundas de la guerra. Al hacerlo, una vez más sorprende: no habla de política, ni de tráfico de armas, ni de diferencias raciales o religiosas, ni de las muchas causas inmediatas de los conflictos, su mirada va más allá. Para él la causa hay que buscarla en “la peor enfermedad de nuestro tiempo: la indiferencia”. Repentinamente todos nos podemos sentir aludidos, si esa es la causa ¿quién puede tirar la primera piedra?

Por si quedan dudas, de inmediato desarrolla la idea: la indiferencia “es un virus que paraliza, nos hace insensibles e inertes, una enfermedad que infecta el mismo centro de la religiosidad, generando un nuevo tristísimo paganismo: el paganismo de la indiferencia.”

Mientras habla no hay ante él políticos o dirigentes sociales, lo escuchan representantes de las grandes religiones del mundo que se han reunido a orar por la paz. A ellos les advierte sobre el “paganismo de la indiferencia”. Paganos son los que no tienen religión. Les está diciendo, nos está diciendo, que la indiferencia ante las tragedias que nos rodean nos hace paganos aunque nos presentemos como personas religiosas.

Nuevamente una afirmación que va más allá de los convencionales llamados a la paz en el mundo y a la convivencia pacífica entre las religiones. Cuando los creyentes se instalan en la indiferencia pierden su condición de hombres de fe, son como paganos, viven sin Dios, aunque lo proclamen con palabras y con gestos. La indiferencia ante el dolor de los que sufren vacía de contenido las palabras y los gestos “religiosos”.

“Nosotros no tenemos armas”, dice el Papa refiriéndose a él mismo y a los líderes que lo acompañan. Pero no son armas lo que se necesita para luchar por una convivencia pacífica entre las naciones: “La paz que desde Asís invocamos no es una simple protesta contra la guerra” señala Francisco. Tampoco “es el resultado de negociaciones, de compromisos políticos o de regateos económicos. Es más bien el resultado de la oración”. O sea, es el resultado del encuentro de cada uno con Dios, ese encuentro es el que nos despierta, el que nos arranca de la indiferencia.

Pero a Francisco le gusta ser concreto y avanza en su análisis de la situación recordando que “nuestras tradiciones religiosas son distintas. Pero la diferencia para nosotros no es un motivo de conflicto, de polémica o de frío distanciamiento. Hoy no hemos orado unos contra otros, como ha pasado por desgracia en ocasiones a lo largo de la historia. Sin sincretismos y sin relativismos, hemos orado unos junto a otros, los unos por los otros.” Con su acostumbrada valentía, el papa Francisco recuerda que en la historia las diferentes religiones fueron causa de división: “no hemos orado unos contra otros, como ha pasado por desgracia en ocasiones a lo largo de la historia” y, al hacerlo, subraya la novedad del acontecimiento en el que están participando. En estos encuentros de Asís, inaugurados hace 30 años en medio de muchas críticas por Juan Pablo II, la humanidad asiste a un acontecimiento verdaderamente nuevo y que está destinado a ofrecer frutos sorprendentes para la historia de las religiones y los pueblos.

La originalidad de la propuesta radica justamente en su origen, en lo que la puso en marcha y la hace posible: la oración compartida. Un esfuerzo que no nace de negociaciones ni compromisos, sino de la oración y el trabajo común y que, como dice el Papa, “nos ayuda a no quedar atrapados en las lógicas del conflicto y a rechazar las actitudes rebeldes de quien solo sabe protestar y enojarse”. Francisco diferencia el gesto de Asís de otras acciones en contra de las guerras, “la oración y la voluntad de colaborar comprometen a una paz verdadera, no ilusoria: no la calma de quien esquiva las dificultades y da la espalda mirando hacia otra parte, siempre que no toquen sus intereses; no el cinismo de quien se lava las manos de problemas que no son suyos”.

La propuesta está presentada. Solo falta que estas palabras y acciones dejen de ser la de algunos líderes y se hagan realidad en cada uno de los creyentes. Ese es el proceso que se inició mucho antes de Juan Pablo II y de Francisco, cuando el hijo del carpintero, desnudo y desarmado, gritó “tengo sed”.

Jorge Oesterheld

Publicado en Vida Nueva Cono Sur 1/10/2006