Trascender el dolor


 Hace muchísimos años, yo tendría siete u ocho, mi padre me llevó a ver una carrera de coches al autodromo de Buenos Aires. Había conseguido unas entradas “muy buenas, justo frente a los boxes”. En un momento ocurrió un accidente y un coche atropelló un mecánico delante de nosotros. Lo primero que hizo mi padre fue darme vuelta la cara para evitar que yo mirara. No entendía lo que pasaba pero me quedó claro que era muy malo y que él me cuidaba. Momentos después me hizo mirar “cómo la gente ayudaba”. Recuerdo muchas personas arremolinadas en torno a algo que no podía ver y me parecía excelente que si había pasado algo malo hubiera tanta gente ayudando. Por la noche mi madre me hizo rezar “un padrenuestro por el mecánico que se murió en la carrera” y a mí se me ocurrió que era maravilloso poder hacer algo por él. Me dormí sin comprender todo lo que había aprendido ese día. 
Pasaron años hasta que fui descubriendo la tragedia que había presenciado y lo importantes que habían sido las actitudes de mis padres. Por primera vez la muerte había pasado ante mis ojos y lo que quedó grabado en mi corazón de niño fue: “papá me cuida”, “la gente ayuda”, “se puede ayudar rezando”. 

Hoy los niños miran solos e indefensos la muerte por televisión a veces en vivo y en directo. Muchísimos, envueltos en accidentes o hechos de violencia, la miran cara a cara. Los adultos, que a veces tenemos menos mecanismos de defensa que los chicos, también contemplamos indefensos tragedias de todo tipo. La sociedad a la que pertenecemos no sólo no nos cuida sino que pretende convencernos de que es bueno y sano mirar esas cosas así, sin anestesia. Eso es la realidad y hay que mirarla de frente, hay que “asumirla” 

La verdad es que hace ya tiempo que sabemos que mostrar el dolor así, en bruto, no sirve para nada bueno. Susan Sontag en su libro “Ante el dolor de los demás”, recuerda cómo al terminar la segunda guerra mundial los aliados llevaron fotógrafos a los campos de concentración nazis “para que eso no ocurriera nunca más". Suponían que mostrando las imágenes del horror vacunarían a la humanidad y jamás volvería a ocurrir algo así. 

Hace años que venimos viendo esas imágenes y otras peores. Nuestros ojos se han ido acostumbrando. Los asesinos nos mandan los videos de sus crímenes mientras degüellan rehenes. Mirar nos ha ido convirtiendo en espectadores perplejos y no en actores comprometidos. La televisión va haciendo de la tragedia humana “algo para ver”. El espectador no forma parte de la escena, no se involucra. El dolor humano forma parte del entretenimiento. Poco después cambiamos de canal. 

Pensar que ver las imágenes de las guerras las evita, es como suponer que ver volar al mecánico por el aire como un muñeco roto me hubiera servido a mí para aprender a manejar un coche. Gracias a mis padres lo que viví ese día pasó a formar parte de un contexto, a significar algo. Lo que yo había visto era mucho más que un accidente. 

El sufrimiento en sí mismo no sirve para nada, sólo destruye lo que encuentra a su paso. Lo que puede servir es nuestra actitud ante él. El ser humano tiene recursos extraordinarios ante el dolor pero necesita aprender a usarlos. Esto implica otro paso, alguien se lo tiene que enseñar. Pero, ¿Quién sabe mucho de esto? 

Si queremos una buena respuesta sobre algún tema tenemos que buscar un especialista. ¿Quién es experto en estas cosas? ¿Un médico? ¿Un anestesista? En algunas situaciones no hay anestesia suficiente. ¿Un filósofo que nos explique las cosas en las que habitualmente no pensamos: el bien, el mal, la vida, la muerte? ¿Un cura que nos explique “la vida eterna”? Hay cosas que superan toda explicación. Además nuestra cultura sospecha de las explicaciones y las palabras que no se apoyan en experiencias y datos concretos. 

Entonces sólo nos quedan unos maestros posibles: quienes han sufrido mucho y han logrado superarlo. Los grandes maestros en estos temas son quienes han estado en situaciones extremas y han encontrado en su interior recursos para seguir adelante. Hay muchas personas así y puede ser que todos conozcamos alguna. 

Victor Frankl es uno de esos hombres a los que el dolor llenó de sabiduría. Siendo ya un destacado psicoterapeuta vivió varios años el horror de los campos de concentración nazis y desde ese punto de partida desarrolló un amplio y rico pensamiento que se plasmó en una nueva corriente de la psicología, la logoterapia. 

Para él no tenemos que preguntarnos nosotros sobre el sentido de la vida sino que es a nosotros a quienes se nos pregunta primero. Todo lo que me toca vivir me pregunta: ¿Qué sentido tiene tu vida? Y, nos dice Frankl, la respuesta está en lo que hacemos. Es un diálogo casi sin palabras: la vida propone situaciones y yo respondo con acciones. Son esas acciones las que van llenando mi vida de sentido. O no. 

Las guerras, el hambre, las injusticias. Los niños, los viejos, los que amamos. El trabajo, la enfermedad, la muerte. Los nacimientos, los sueños, las obras de arte. Todo nos pregunta: ¿Qué sentido tiene tu vida? ¿Para qué estas ahí? Y si queremos conocer la respuesta tenemos que mirar lo que hacemos. 

El testimonio de Frankl es importante porque en nuestra cultura estamos magníficamente entrenados para suponer que no hay respuestas posibles para algunas cosas y que ante las dificultades grandes “no hay nada que hacer”. Nos cuesta aceptar que eso ya es “hacer algo”. Partimos del presupuesto de que en la vida las cosas muy dolorosas “nos superan” y uno “hace lo que puede”. Que no se es libre ante el dolor o el sufrimiento. 

Al final de una de sus conferencias Frankl cita una frase de Freud: “sométase a un régimen de hambre a cierto número de personas de todo tipo. Al aumentar la necesidad imperiosa de nutrición, se borran las diferencias individuales y aparecen en su lugar las manifestaciones uniformes de un instinto insatisfecho”. En otras palabras, ante la necesidad los hombres nos convertimos en bestias. El creador de la logoterapia le contesta desde su experiencia: “Gracias a Dios, él (Freud) no tuvo ocasión de conocer por dentro un campo de concentración o de prisioneros de guerra. Sus pacientes se tendían en un cómodo diván … y no en las inmundicias de Auschwitz o de Stalingrado. Pero allí no se borraron las diferencias, sino que se acentuaron: allí se diferenciaron las personas, allí se revelaron los canallas y los santos.” 

Aún en las situaciones más extremas los hombres conservamos la capacidad de actuar de una manera o de otra ante lo que nos toca vivir. 

En su obra más conocida “El hombre en busca de sentido” Frankl habla de la libertad de una manera que quienes no estamos sometidos a condiciones extremas deberíamos recordar siempre: “Los que estuvimos en campos de concentración recordamos a los hombres que iban de barracón en barracón consolando a los demás, dándoles el último trozo de pan que les quedaba. Puede ser que fueran pocos en número, pero ofrecían pruebas suficientes de que al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas – la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias – para elegir su propio camino.” 

Nos cuesta comprender y aceptar la grandeza de la que es capaz el ser humano. Es incomoda para nuestra mediocridad. Quizás la falta de formación humana, el desprecio por el esfuerzo que caracteriza nuestras culturas occidentales, la mediocridad aceptada con resignación, la ausencia de compromisos valientes, y muchas otras tristes realidades cotidianas, nos hayan empujado a las cantidades exorbitantes de todo tipo de anestesia que consumimos (ansiolíticos, alcohol, drogas, actividades que nos evaden de la realidad y un largo etcétera). No sabemos mirar de frente la adversidad. 

Entonces, un día cualquiera algo se mueve en el fondo del mar y una ola inmensa se lleva miles y miles de vidas. Nuestros televisores se llenan de imágenes estremecedoras. Nos quedamos sin palabras. (Van a pasar algunos días hasta que aprendemos a usar un término extraño, suena exótico y temible: tsunami). Las cámaras de video dejan de lado sonrisas de niños y se dirigen hacia un mar extraño. El lujo de hoteles cinco estrellas flota a la deriva. Gritos. Voces entrecortadas. Cuerpos flotando. Padres y niños aferrados los unos a los otros. El agua llevando su espanto llegó hasta nuestras casas, empapó nuestras conversaciones. Y nosotros, que hemos sido educados en estas sociedades que no saben qué hacer en el momento del dolor, en estas sociedades sin trascendencia, (intrascendentes), en un último esfuerzo por seguir siendo espectadores nos preguntamos repentinamente místicos: ¿Y dónde está Dios cuando pasan estas cosas? 

La respuesta es simple y obvia: está en el mismo lugar que estaba antes y en el que está ahora. Hay teólogos y especialistas que me pueden explicar dónde queda ese sitio. Para mí la pregunta interesante es otra: ¿Y dónde estoy yo cuando pasan estas cosas? ¿Dónde estoy cuando el dolor anda cerca? 

“¿Qué es en realidad el hombre?” se pregunta Frankl. Y se contesta: “es el ser que ha inventado las cámaras de gas, pero también es el ser que ha entrado en ellas musitando una oración.” 

Aquel lejano día en el que un mecánico fue atropellado por un coche de carrera mis padres me habían enseñado a ver las cosas en un contexto más grande, a darles un significado, a trascenderlas, a sacarlas de la in-trascendencia y proyectarlas hacia un significado posible. No hubo detalles morbosos o comentarios obvios. Otros ayudaban y yo podía rezar, era posible hacer algo. 

Tiempo después se juntaron esta experiencia y mi fe cristiana. Entonces pude ver en Jesús de Nazaret a alguien que miraba de frente el sufrimiento y el dolor. Que era capaz de atravesar el dolor y hasta la muerte confiado absolutamente en las manos de su Padre. Que no me enseñaba a huir sino a vivir.

Después del tsunami de diciembre de 2004, que dejó centenares de miles de muertos, la editorial Lumen decidió publicar un libro sobre la fe ante las catástrofes naturales, que llevó por título  "¿Dónde estaba Dios?" y me invitó a participar con un artículo. Este es el texto que fue publicado en ese libro y, por lo tanto, aunque es mío no es de mi propiedad, si alguien lo utiliza debería citar la fuente.

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